Cada año, el Día de los Patrimonios nos devuelve una pregunta que la cotidianidad suele silenciar: ¿qué hacemos con lo que somos?
Las colas en los museos, las iglesias abiertas, los patios coloniales iluminados de noche nos recuerdan que el patrimonio no es un asunto del pasado. Es, sobre todo, una decisión sobre el presente y el futuro. Desde FUNDET comprendemos esa pregunta como una responsabilidad colectiva. Y desde el turismo, la respuesta no puede ser neutra.
La relación entre patrimonio y turismo es, en su mejor versión, una alianza estratégica. David Timothy y Stephen Boyd, en su obra seminal Heritage Tourism (2003), definieron el patrimonio turístico como "aspectos del pasado que las sociedades seleccionan, valoran y transmiten, en parte como atracciones para visitantes". La clave está en el verbo seleccionar: el patrimonio no es todo lo que existe, sino lo que una comunidad decide reconocer, proteger y activar. Esa decisión es, en esencia, política y cultural antes que económica.
El problema que ya tiene nombre legal
Lo curioso (y significativo) es que la propia legislación chilena registra esa tensión. El artículo 5°, letra d) de la Ley 20.423 del Sistema Institucional para el Desarrollo del Turismo define el Patrimonio Turístico como "el conjunto de bienes materiales e inmateriales que pueden utilizarse para satisfacer la demanda turística". El verbo incomoda. Reducir el patrimonio a lo que se puede utilizar para el mercado es exactamente la lógica que el debate internacional ha señalado como el principio del deterioro.
Los prestadores de servicios turísticos tienen la obligación legal de "velar por la preservación del patrimonio turístico que sea objeto de su actividad". No es una recomendación ética. Es una norma con respaldo sancionatorio. La ley ya eligió un lado. El problema es que el sector aún no lo ha internalizado.
El riesgo real: comoditización
El problema mayor ocurre cuando esa lógica instrumental se vuelve dominante. McKercher y du Cros (2002) alertaron hace más de dos décadas sobre este riesgo en su análisis de la gestión del patrimonio cultural, identificando la "comoditización" como una de las amenazas centrales para la autenticidad y la integridad de los bienes patrimoniales. No es una amenaza abstracta: es el souvenir que reemplaza al artesano, es el tour de cuarenta minutos que simplifica quinientos años de historia.
La Ley 20.423 ya anticipó ese límite en su artículo 18°: "sólo se podrán desarrollar actividades turísticas en Áreas Silvestres Protegidas del Estado cuando sean compatibles con su objeto de protección". El negocio no puede devorar el activo. La ley lo dice. La práctica, muchas veces, no lo escucha.
Comunidad, no decorado
"El turismo cultural y patrimonial solo es sostenible cuando la comunidad local es su protagonista y no su decorado." — OMT, 2019
Esta distinción no es semántica. Es la diferencia entre un destino que se desarrolla y un destino que se consume. Richard Butler, cuyo modelo del Ciclo de Vida de los Destinos Turísticos sigue siendo referencia obligada en la gestión territorial, nos advirtió que los destinos que no regulan su crecimiento deterioran inevitablemente sus propios activos. El patrimonio (material e inmaterial) es el activo más frágil y más irreemplazable de todos.
Chile tiene normas. Falta cohesión.
Chile no carece de marco normativo para enfrentar este desafío. Carece de voluntad para activarlo. La Estrategia Nacional de Turismo 2030 (Subsecretaría de Turismo, 2022) lo establece con claridad en su página 37: el país debe "articular en diferentes niveles (política pública, academia, empresa privada, sociedad civil) en el ámbito de la gestión socio ambiental y la preservación del patrimonio natural y cultural". No es una aspiración difusa: es un lineamiento estratégico del Estado con indicadores de cumplimiento.
Y hay algo más que pocas personas conocen: en virtud del artículo 53° de la Ley 20.423, el Servicio Nacional de Turismo integra el Consejo de Monumentos Nacionales. Patrimonio y turismo no son mundos separados en el derecho chileno. Son un sistema que, cuando funciona coordinado, protege. Cuando se fragmenta, destruye.
Lo que celebramos el Día de los Patrimonios no es solo lo que quedó en pie. Celebramos también las decisiones que lo hicieron posible: la comunidad que se organizó, la institución que priorizó, el profesional que fundamentó, el ciudadano que exigió. La pregunta pendiente es qué brecha existe entre lo que la ley ya ordena y lo que nuestros destinos efectivamente hacen.
Desde FUNDET, esa articulación es nuestra brújula. El turismo no está al margen del patrimonio. Está obligado (legal y éticamente) a ser su guardián.